El señuelo del “progreso”
martes, 29 de mayo de 2012
En
numerosas circunstancias en la historia, las clases dominantes y sus
representantes intelectuales y políticos han logrado enganchar a los
sectores populares en el logro de sus objetivos, atrayéndolos con
ofertas de igualdad de oportunidades, libertad política y progreso
económico. Así, se ha hablado de vías y de “alianzas para el progreso”
(como la sugerida por el presidente John F. Kennedy para afianzar la
hegemonía estadounidense sobre nuestra América y evitar una nueva
experiencia revolucionaria como la de Cuba en alguno de sus países), el
recetario neoliberal del Fondo Monetario Internacional y los Tratados de
Libre Comercio con los países industrializados.
Homar Garcés (especial para ARGENPRESS.info)
Sin
embargo, la misma historia se ha encargado desmentir contundentemente
la “sinceridad democrática” de la clase dominante, incluso de aquellos
que, proclamándose socialistas (como en España), le hacen el juego. Esto
último ya lo habían advertido Carlos Marx y Federico Engels en el
Manifiesto Comunista cuando escriben que “los burgueses socialistas
quieren perpetuar las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las
luchas y los peligros que surgen fatalmente de ellas. Quieren perpetuar
la sociedad actual sin los elementos que revolucionan y descomponen.
Quieren la burguesía sin el proletariado”. De ahí que el señuelo del
“progreso” sea una constante cada vez que la clase dominante pretende
extender su potestad sobre la sociedad, explotando las necesidades
básicas y creadas de una vasta porción de la población que no halla
mejor forma de satisfacerlas que secundarla, producto de la alienación
inducida en la misma durante décadas.
Esto
ha logrado que, en la mayoría de las veces, los grupos revolucionarios
caigan en semejante trampa, tratando de captar las simpatías populares,
pero sin plantearse contribuir sostenidamente a darle al pueblo las
herramientas ideológicas y políticas que lo hagan superar este ciclo de
dependencia que sólo profundiza su malestar y su impotencia, haciéndolo
presa fácil de todo tipo de demagogia. Por ello es fundamental que
quienes enarbolan las banderas revolucionarias tengan presente que el
objetivo primordial de la revolución socialista es la transformación
radical del orden imperante, de otro modo se estarían ubicando en el
campo común del reformismo liberal-burgués, sin producir cambio
socialista alguno. Por lo tanto, la promesa de progreso de la clase
dominante tiene que combatirse con el respaldo de la historia de
aquellos acontecimientos que pudieron resolverse a favor de los
intereses populares y fueron frustrados, combatidos y distorsionados por
quienes ocuparon las posiciones de poder en su nombre. Demás está
afirmar que es necesario esclarecerle al pueblo cuáles son los
verdaderos intereses que persigue dicha clase social al convidarlo a
“compartir” este “progreso”. Para muestra, bastaría recapitular lo
vivido en Chile, Argentina y México, por citar algunas de las naciones
de nuestra América donde se “modernizó” la economía, según la tesis
neoliberal muy en boga durante las dos últimas décadas del siglo XX.
Es
difícil creer que la lógica capitalista podría resolver los graves
problemas estructurales que padecen nuestros pueblos. Sólo quienes
legitimen el individualismo (el patrón se queda con la mayor parte del
fruto del esfuerzo productivo de los trabajadores), la economía del
mercado (maximización del lucro, la ganancia y la rentabilidad a través
de la explotación indiscriminada de la fuerza de trabajo asalariada), la
responsabilidad individual y la libertad empresarial sin control alguno
del Estado, estarán de acuerdo en que dicho “progreso” es posible.
Lamentablemente, dicha fábula sólo ha engendrado mayores niveles de
desempleo, pobreza, miseria y exclusión social que no pueden reducirse
ni eliminarse únicamente con buenos deseos. No se puede obviar, por
consiguiente, que “el mercado sin restricciones -como lo refiriera David
Korten- tiende a funcionar como una institución profundamente
antidemocrática. En tanto que la democracia confiere derechos a las
personas vivientes, el mercado sólo otorga reconocimiento al dinero, no a
la gente”. En tal sentido, se debe desenmascarar tal “progreso” e
impulsar, contrariamente, el desarrollo integral de las personas, al
mismo tiempo que se crean las condiciones para la construcción del
socialismo revolucionario.

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