Zapata no murió… Zapata vive

Emiliano y Eufemio Zapata con otros miembros del ejército del sur. Foto: Twitter @FototecaINAH
Emiliano y Eufemio Zapata con otros miembros del ejército del sur. Foto: Twitter @FototecaINAH


PROCESO 

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Junto con sus colegas Laura Espejel y Alicia Olivera, el historiador Salvador Rueda Smithers recogió como parte de un largo proyecto de memoria oral, los testimonios de veteranos que participaron en el movimiento zapatista y que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha puesto en línea en su Dirección de Estudios Históricos, en el acervo “Voces Zapatistas”.
Algunos fragmentos fueron incluidos y comentados en el ensayo “Emiliano Zapata, entre la historia y el mito”, publicado en el libro El héroe entre el mito y la historia, coordinado por Federico Navarrete Linares y Guilhem Olivier, y publicado por el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos en el año 2000. Ahí explica el porqué de la idea de que el líder del Ejército Libertador del Sur no murió el 10 de abril de 1919, sino que seguía vivo y generó la frase “Zapata vive”.

El historiador, actualmente director del Museo Nacional de Historia ubicado en el Castillo de Chapultepec y maestro en Historia del Arte por la Universidad Iberoamericana, parte de que en agosto de 1911 Zapata logró huir de la trampa que Victoriano Huerta le tendió en la misma hacienda de Chinameca. Entonces se volvió desconfiado y se corrió el rumor de que enviaba “a un hombre muy parecido a él, su vivo retrato, a uno ‘que era como su caricatura’” a determinados actos.
Un “doble”… resume Rueda Smithers, y escribe que “el sensible ojo” del historiador  Javier Garciadiego Dantán “advirtió que la anécdota podía ser real: una fotografía de Casasola, tomada en esa misma época, descubre a un raro Zapata demasiado aindiado y pequeño rodeado de periodistas. A la sombra de un árbol, con unos documentos en las manos, el hombre mira de soslayo a la cámara. De bigote grande, negro y espeso, hoy parece que ese Zapata no era una figura que demostrase una personalidad que sobresaliese de entre los campesinos que se retrataron con él…”

El investigador relata que el asesinato del caudillo logró que los campesinos rebeldes se convirtieran en “base política consensual” del estado de Morelos y creó un héroe trágico. Y así va formándose el mito:
“…no murió él sino su doble, su ‘nahual’ si pensamos en un significado de raíz indígena; el ‘verdadero’ se ‘chispó (huyó) a un lugar lejano, y regresa de vez en cuando. Es un héroe que, como el Heracles griego, terminó sus ‘trabajos’ y, aunque vivo, ya no tiene función en la tierra”.
Desde que se mostró el cadáver en Cuautla, narra, comenzaron a circular dudas entre los testigos. Él no era gordo, le faltaba el dedo meñique que había perdido en una charreada y el muerto los tenía completos, el muerto no tenía la cicatriz de una cornada y el lunar en forma de manita de Zapata, y cita la entrevista con Serafín Plascencia:
“Sabedor de la treta de los carrancistas Pablo González y Jesús Guajardo, Zapata no fue quien entró a la hacienda de Chinameca el fatídico 10 de abril, sino que un compadre que se le parecía lo sustituyó (…). El ‘jefe’ se ‘chispó’ con otro compadre, un árabe, que se lo llevó a Arabia, donde lo tratan como rey’, ‘retirado a la vida privada’. El mito, en fin, ubica sus espacios en una geografía propia, la Arabia imaginada por los campesinos, perteneciente a un mundo que tiene sus distancias particulares, se hallaba lejos y cerca: lejos, porque era un lugar inaccesible para los profanos, y cerca porque de vez en cuando el ‘jefe’ ‘bajaba’ a Jojutla (o a Jonacatepec) disfrazado de vendedor de cacharros…”
Lo recopilado recuerda la resurrección de Cristo o ciertos elementos religiosos cuando se relata que muchos aseguran haberlo visto, algunos en rituales espiritualistas, otros simplemente se enteraron y aceptaron la versión. Luego, diez años más tarde, comenzó a decirse que Zapata ya había fallecido de muerte natural, pero lejos, “en la Arabia que lo asiló”.
Entre los testimonios recogidos por el investigador menciona el de don Agapito Pariente Aldana, de Tepalcingo, quien afirmó:
“Pues se salió de allá, que se chispa y se va. Se fue a la vida privada como el profeta Moisés, ¿usted no ha leído las Escrituras? Porque Moisés sacó a sus hijos de Egipto, los dejó unos días y se alejó para la Tierra Santa. Y pues yo digo que así ha de haber sido”.
El testimonio de don Ángel Abúndez menciona que Zapata murió como Jesucristo para salvar a su pueblo. Y la de una anciana de Calimaya habla de que Zapata reencarnó en Santiago Apóstol y “en las noches se va a cabalgar con su gran sombrero y en su caballo blanco ‘cuidando al pueblo’”.
Próspero García cuenta que un viejito se le acercó un día para decirle “Zapata vive” y “luego que termine su carrera, viene”.
El texto de Rueda Smithers va describiendo cómo se va afianzando la imagen de Zapata. Hoy –dijo la semana pasada  en una entrevista con el semanario Proceso  (No. 2214)– es un símbolo que abandera la lucha social lo mismo rural que urbana.

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