Educación: la madre de todas las luchas



 

El sector empresarial y los políticos neoliberales se escandalizan porque se les diluye entre las manos el control de la educación que habían concretado en el sexenio pasado. El nuevo gobierno, vacilante, empieza a tomar cartas en el asunto. En ese contexto se inscribe el memorándum emitido por Lòpez Obrador. Todo está aún en disputa y los jaloneos en el Congreso pronto podría trasladarse a las calles.



Las derechas de todo el planeta tienen más de 40 años imponiendo al mundo sus políticas violentas, injustas y productoras de desigualdad. ¡Están malacostumbradas!
En medio de un agitado inicio de sexenio, se va poniendo en claro que el educativo es el tema de temas. No es que las reformas laboral, energética y de política exterior no sean apocalípticas; pero educación es palabra mayor. De la orientación que ésta tenga, depende la formación de seres humanos, encaminándolos a la subordinación o a la emancipación.
A eso se debe el enorme revuelo que levantó el memorándum que el presidente de la República envió el 6 de abril del 2019 a sus secretarios de Gobernación, Educación y Hacienda, indicándoles que den los pasos necesarios para que se abrogue la reforma que impuso el Banco Mundial desde hace casi 40 años y que completó el exmandatario Enrique Peña Nieto el sexenio anterior. Deja en claro que fue una imposición del extranjero y que ha causado agravios mayores al magisterio nacional. Mediante lo que llamó “lineamientos y directivas” ordenó que se deje “sin efecto todas las medidas en que se haya traducido la aplicación de la reforma educativa” (Proceso, 2216, 21 de abril del 2019, páginas 6-14).
La respuesta no tardó: reconocidos constitucionalistas como Diego Valadés y el exministro de la Corte José Ramón Cossío, lo mismo que Elizur Arteaga Nava, salieron a la palestra a manifestarse contra el procedimiento seguido por el titular del Ejecutivo federal. Según ellos, es un documento lleno de incongruencias y que incluso puede afectar a los destinatarios si lo acatan.  Hasta abogados muy progresistas opinaron que carece de sustento legal y más parece una maniobra de corte autoritario.
Lo cierto es que se hizo una incorrecta lectura de un memorándum político. Ante la incapacidad o indisposición de Esteban Moctezuma para llegar a acuerdos con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), Obrador dejó muy precisa su decisión política: anular la reforma que se nos impuso desde el exterior, sin reprimir a los maestros que luchan por sus derechos. Las formas como se desarrolle el tema irán diciendo cual el camino que el actual gobierno va a tomar en temas cruciales.

La imposición del modelo neoliberal

Las derechas planetarias estaban de plácemes por los avances que habían logrado en México en materia educativa. Se está aplicando como nunca la política ordenada por los centros globales de poder; y los gobiernos neoliberales se han subordinado totalmente a los dictados del Banco Mundial Primero y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) después.
Para ello, desmantelaron la estructura educacional creada a partir del triunfo de los liberales sobre los conservadores, y ratificada después de la Revolución Mexicana, que se sustentaba en cuatro sólidos principios: el laicismo, la gratuidad, el carácter público y su orientación a la participación de personas libres y pensantes en la sociedad. Con todos sus avatares, la historia del Artículo Tercero constitucional da cuenta de esta gesta de los mexicanos (especialmente de las y los maestros).
El nuevo modelo, que sus primeros propagadores denominaron modernizador, (Véase Carlos Salinas de Gortari en Nexos… páginas 27-32), fue perfilado por ideólogos del Banco Mundial (BM) a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980. Sus primeras expresiones son ambiguas y utilizan una terminología poco precisa (no hablan de privatizar, por ejemplo), e incluso usan conceptos grandilocuentes como el de “Revolución Educativa” del que echó mano el que fuera secretario de Educación de Miguel de la Madrid, Jesús Reyes Heroles.
En las “Cartas de Intención” va tomando cuerpo el modelo neoliberal. Son documentos que dan la idea de acuerdos de los países endeudados con el BM y el Fondo Monetario Internacional, acerca de las políticas internas. Desembocan en el Tratado de Libre Comercio, que es una especie de Superconstitución, pues contiene reglas que van más allá de las normas constitucionales.
La ideología del libre comercio tiene en su centro a la privatización de todos los actos de la vida de las personas, comenzando con los económicos, pasando por los políticos y culminando en los ideológicos (que incluyen las dimensiones cultural y espiritual). El supuesto del que se parte es que la intervención del Estado es una intromisión en las reglas de la naturaleza social, cuyos resultados son siempre negativos, pues todo cuanto se relaciona con lo público es ineficiente y corrupto.
Por más de dos décadas, los neoliberales galoparon en caballo de hacienda. Prometieron a la humanidad una nueva era de progreso (Salinas de Gortari dixit) y de distribución equitativa de la riqueza. Desde el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se fomentó el que denominaron “Liberalismo Social”.
El pensamiento progresista, que se basa en buena parte de la acción estatal, fue arrinconado. Desertaron muchos de sus representantes, que encontraron mejores alicientes en el campo neoliberal.

Los principios que dominaron el panorama global

Los privados, como son dueños de algo que han ganado, cuidan mejor su patrimonio. Los actores públicos, como obtienen sus bienes de un ente exterior que se llama Estado, tienden a derrocharlos y, al final del camino, llevan a la quiebran lo que administran. Por ello, los gobiernos que interfieren en la Economía, son garantía de fracaso. Tal fue el postulado básico del nuevo modelo. Con esta idea central, se modificó la forma de vida de la mayor parte de los habitantes del planeta.
La consigna fue: sacar al Estado de toda actividad, comenzando por la económica. Se propaló la antigua tesis del capital como promotor de la riqueza y de la equidad, para lo cual se recurrió a pensadores como Hayeck y Friedmann, cuyos estudios tienen en el centro a la libertad.
Se pusieron de moda las teorías del liberalismo capitalista. Algunos, como Francis Fukuyama, llegaron al extremo de postular “El fin de las ideologías”.  Entre nosotros, Salinas de Gortari se ufanó que su gobierno hacía lo correcto al acomodarse en la nueva realidad de los tratados de libre comercio; llegó a decir que estábamos ingresando “al primer mundo”. En ese ambiente, decirse izquierda o atreverse a hablar de derechos sociales, fue catalogado como “populismo” rancio y fuera de época. Reapareció la tesis de la “mano invisible del mercado” que corrige automáticamente los excesos y defectos del capitalismo.
La escuela fue siendo empujada hacia la privatización. Primero se fortaleció la universidad de particulares; y cuadros egresados de ésta se colocaron en todos los espacios del gobierno. Se aplicó el planteamiento de que el empresario ya no necesitaba de representantes (los políticos), pues él podía ejercer directamente el mando del Estado. Y conducir éste como una empresa privada: con su Consejo de Administración (los oligarcas); y sus gerentes administradores (los gobernantes).
De esa forma, la escuela debía formar el personal que requirieran las empresas; y no más. Cualquier otra cosa era tirar dinero. El éxito parecía definitivo: la universidad privada se transformó en el oráculo de la sociedad (junto con actores informales como las televisoras); en tanto que la pública fue vista como una rémora del pasado: se le asoció con el Estado: inútil y cara.
Fue el Banco Mundial el que se encargó de la “Revolución Educativa” de alcances mundiales. Más tarde (quizá porque no se veía muy bien eso de los “bancos educadores”), entregó la estafeta a la OCDE, que es algo así como el club de los ricos del globo. Contrataron importantes intelectuales de derecha, que funcionaron como thiks tanks, que fueron elaborando la teoría de la educación neoliberal.  La escuela debería ser una empresa educativa, que debía acudir al mercado a ofertar sus servicios y ganar clientes a la competencia (ya no los llamarían estudiantes o alumnos). Como los clientes de este servicio no tienen medios económicos, el Estado debería colaborar en la formación del mercado, entregando a los clientes un bono educativo. Dinero en mano, el cliente escogería y haría triunfar al mejor proveedor. Los malos prestadores del servicio irían al fracaso, por su propia culpa.
Previeron los ideólogos de la industria educativa el problema del intermediario entre el proveedor y el cliente: el docente. Éste debía dejar de jugar un papel relevante en la tarea educativa, para pasar a ser un mero facilitador. Nada de que puede aportar ideas propias en el proceso educacional, pues el saber ya está elaborado e incluso empaquetado (en libros, discos, videos e internet); tiene que limitarse a ser un transmisor de lo que se le indique. Y para asegurar esto, hay que evaluarlo muy seguido (y también a los clientes). Si no aprueba, se va (o se estanca en los más bajos niveles de la docencia, donde ni juega ningún papel importante). Incluso dejan de llamarlo maestro, profesor o trabajador de la educación; es un profesional docente.
Todo resuelto…aparentemente.
Pero oh decepción: el neoliberalismo librecambista se desinfló en poco más de 3 décadas y produjo pobreza, guerras, desequilibrios sociales y gobiernos de ultraderecha (fascistas y pronazis) en todas partes. Y en lo educativo, comenzó a hacer agua.

La reforma educativa fracasó en México

Las promesas del modelo neoliberal en la educación se desvanecieron. No sólo no se resolvieron los antiguos problemas del sistema educativo mexicano, sino que se agravaron. El sindicalismo charro (corporativo) persiste como una mala hierba adherida a nuestras escuelas. Y en su derredor, siguen vegetando individuos carentes de la capacidad y de la honestidad necesarias para sacarlo adelante.
Los gobiernos neoliberales hicieron creer a los incautos que todo iba sobre ruedas. La dura realidad demuestra que los cambios que se requieren son más, mucho más, que cosméticos. Las dificultades con las que opera el gobierno que triunfó el pasado 1 de julio del 2018, en algunos casos son monumentales.
El nuevo gobierno supuso que quitando a la evaluación de los docentes la parte más punitiva, las cosas quedaban arregladas. Mal cálculo, pues todos habíamos visto cómo la CNTE y otros sectores del magisterio democrático resistieron estoicamente la arremetida de los neoliberales. El costo fue enorme desde 2016: personas asesinadas en Nochixtlán, por resistir la imposición de la reforma de Peña-Nuño; más de 500 maestros despedidos por negarse a participar en las evaluaciones punitivas; presiones de las autoridades sobre los maestros que resisten las imposiciones.
De modo que quedan grandes pendientes:
1.- La reinstalación de todos los despedidos con todos sus derechos a salvo.
2.- El castigo a los culpables de los delitos cometidos contra el magisterio en lucha.
3.- La abrogación de las reformas constitucionales que hizo aprobar Peña Nieto.
4.- La desaplicación de las medidas administrativas que impusieron Chuayfett, Nuño y Otto Granados Roldán.
5.- La desaparición del INEE (sin convertirlo en otro monstruo).
6.- La democratización del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
7.- La limpia de la SEP de las rémoras neoliberales (del tipo de Gilberto Guevara Niebla).
Visto en esta perspectiva, el memorándum de Obrador es útil para abrir caminos viables hacia estas tareas.
José Enrique González Ruiz*


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