La generación Z, con un "tren cerebral de alta velocidad que va del ojo al pulgar"

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Esos jóvenes, de entre 13 y 20 años, se consideran abiertos de mente e innovadores, pero reconocen que son impacientes y testarudos, indica especialistaFoto Reuters
Afp
 
Periódico La Jornada
Jueves 12 de febrero de 2015, p. 2
París y Tokio.
La generación Z, que ha crecido con los videojuegos y los teléfonos móviles, ha ganado aptitudes cerebrales en lo que se refiere a la velocidad y los automatismos, en detrimento de otras como el razonamiento y el autocontrol, explica el profesor de sicología Olivier Houdé.
La generación Z, apresurada, pragmática, autónoma y testaruda. Esos 2 mil millones de jóvenes nacidos después de 1995, con Internet, están decididos a construirse una vida alejada de los códigos y de las aspiraciones de sus mayores. Son mutantes, como los llaman algunos investigadores fascinados por su fusión con el mundo digital. Navegan en varias pantallas y están acostumbrados al todo, ahora mismo, en todas partes. Les resulta normal pagar mucho dinero por el teléfono inteligente más reciente, pero también conseguir de manera gratuita películas y música en la red.
Los códigos de los adultos les parecen desfasados; les gustan las marcas rebeldes y se informan, sobre todo, a través de las redes sociales, según comprueban estudios realizados en Europa y Estados Unidos por grandes compañías, como BNP y Ford, que quieren entender a sus futuros clientes. Esos jóvenes, de entre 13 y 20 años, se consideran abiertos de mente e innovadores, pero reconocen que son impacientes y testarudos.
Adoptan modas de Internet
Adoptan las modas que se propagan por Internet en todo el planeta, desde los taquillazos estadunidenses como Los juegos del hambre o Divergente hasta el K-Pop coreano. Su vocabulario está lleno de acrónimos y de anglicismos.
Sus ídolos son estrellas de Internet, como el sueco PewDiePie, comentarista de videojuegos que tiene más de 30 millones de seguidores en YouTube.
Director del laboratorio de sicología del desarrollo y educación infantil del CNRS-La Sorbona y autor del libro Aprender a resistir, Houdé preconiza un aprendizaje adaptado a estas mutaciones.
–¿Es diferente el cerebro de los niños nacidos en la era digital?
–El cerebro es el mismo, pero los circuitos utilizados cambian. Frente a las pantallas, y en la vida en general, los nativos digitales tienen una especie de tren de alta velocidad cerebral que va del ojo al pulgar. Utilizan sobre todo una zona del cerebro, el córtex prefrontal, para mejorar esa rapidez de decisión y de adaptación multitarea ligada a las emociones. Sin embargo, esto se hace en detrimento de otra función de esta zona, más lenta, de distanciamiento, de síntesis personal y de resistencia cognitiva.
–¿A qué llama usted resistencia cognitiva?
–Hay tres sistemas en el cerebro humano. Uno es rápido, automático e intuitivo, altamente requerido en el uso de pantallas. El otro es más lento, lógico y reflexivo. Un tercer sistema en el córtex prefrontal permite arbitrar entre los dos primeros: el corazón de la inteligencia. Permite inhibir los automatismos del pensamiento cuando se hace necesaria la aplicación de la lógica o de la moral. Es la resistencia cognitiva. Inhibir es resistir. Los nativos digitales deben reaprender a resistir para pensar mejor.
–¿Cómo puede traducirse esto en la vida de los niños?
–Es un proceso de adaptación notable, de toma de distancia, que permite resistir las respuestas impulsivas. Pero la maduración de este proceso es lenta en el curso del desarrollo del niño y del adolescente. Por eso hay que educarlo y entrenarlo intensamente en el colegio. Es lo que yo llamo ‘aprender a resistir’, una pedagogía del control cognitivo. Nosotros lo hemos demostrado en el laboratorio, pero aún falta por demostrar sus aplicaciones en la escuela. Es útil para el razonamiento y la categorización, pero también para la lectura o las matemáticas.
–¿Y puede tener una utilidad social este mecanismo cerebral?
–Permite, por ejemplo, evitar decisiones absurdas, a veces de manera colectiva, en una empresa. Permite también resistir, en nuestras democracias, las creencias erróneas: las teorías del complot, por ejemplo, o estereotipos muy anclados. Y la resistencia cognitiva es también un factor de tolerancia. Permite la inteligencia interpersonal, es decir, la capacidad de callar su propio punto de vista para favorecer el del otro. Cuando los atentados de París llevan a hablar de ‘desradicalización’, de lo que se trata es de esa resistencia cognitiva. Educar el cerebro es enseñarle a resistir a su propia sinrazón. Un verdadero desafío para las ciencias cognitivas y para la sociedad actual.
Sumire, una joven de 18 años
Desde que se despierta, Sumire, una joven de 18 años, habla con sus amigas por Internet, ya sea durante las clases, mientras se baña e incluso en el retrete. Como la mayoría de jóvenes japoneses, está las 24 horas conectada, lo que preocupa cada vez más a los profesionales de la salud.
En cuanto tengo un momento, me conecto, desde que me levanto hasta que me acuesto. Supongo que me siento sola cuando no estoy en Internet, como desconectada, explica a la Afp.
En todas partes y en cualquier circunstancia, dialogo con amigos en línea, una aplicación de mensajería instantánea en la que 90 por ciento de los estudiantes de secundaria japoneses tienen una cuenta.
Según una investigación gubernamental de 2013, 60 por ciento de los alumnos de secundaria, que han tenido contacto con el mundo digital desde edad muy temprana, mostraban señales fuertes de adicción a Internet, cuando se ha disparado el uso de la red y se han multiplicado las pantallas (teléfonos inteligentes, tablets, etcétera).
Tecnoadictos
El problema preocupa a los profesionales de la salud. Estas prácticas tienen un impacto neurológico comparable al de la dependencia del alcohol o de la cocaína, según reveló un reciente estudio del centro de investigación sobre salud mental de Shanghai, que analizó datos cerebrales de jóvenes tecnoadictos. Incluso se ha creado una especialidad para desenganchar a los jóvenes de este opio digital.
La dependencia es más difícil de detectar. Con los teléfonos inteligentes, ya no es necesario encerrarse en una habitación (para acceder a un ordenador). Así que resulta más difícil darse cuenta de que alguien tiene un problema, explica el siquiatra Takashi Sumioka. El número de casos tratados por este especialista se triplicó entre 2007 y 2013.
Sumioka ofrece un programa de desintoxicación digital a los pacientes. Les pide que redacten un diario para ver hasta qué punto están sometidos a su teléfono inteligente y a su conexión a Internet. Se necesitan unos seis meses para lograr una curación, asegura.
Este tipo de obsesión está provocado por el temor de ser dejado de lado o incluso acosado en un grupo si no se responde con suficiente rapidez a los mensajes, advierte Sumioka.

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