No romperemos comunicación con el gobierno, afirman madres de normalistas desaparecidos

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Marcha nocturna en la costera Miguel Alemán de Acapulco, encabezada ayer por la Ceteg para exigir la presentación con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidosFoto Javier Verdín
Blanche Petrich
 
Periódico La Jornada
Martes 2 de diciembre de 2014, p. 5
Hilda Hernández Rivera, madre de César Manuel González, y Cristina Bautista, madre de Benjamín Ascencio, dos de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala el 26 de septiembre pasado, aseguran que aunque están bien enojadas con el gobierno, no están dispuestas a romper la comunicación que regularmente tiene el grupo de padres de los estudiantes con los funcionarios de la Procuraduría General de la República, de la Secretaría de Gobernación e incluso de la Presidencia.
Nosotros no vamos a romper, pero tampoco vamos a decirles a todo que sí, ¿verdad? Para empezar, pensamos que lo que nos han dicho, de que nuestros hijos están muertos, es mentira. ¿Por qué lo afirman así nomás, sin darnos ninguna prueba, ninguna certeza?
Hilda y Cristina, que desde hace dos meses viven en el internado de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, han cambiado y crecido en estas últimas semanas. A principios de octubre, cuando los días de la desaparición de sus hijos todavía se contaban con los dedos de las manos, cualquier pregunta las hacía quebrarse. Cuando fueron semanas las que se acumulaban, ellas permanecían rezagadas en los mítines o encuentros con la prensa. Nunca tomaban la palabra.
Hoy hablan con firmeza. Es que nos han lastimado mucho. Ese día que nos reunimos con el señor Jesús Murillo Karam (procurador general de la República)en el hangar de Chilpancingo (7 de noviembre) nos hicieron mucho daño. Después de eso ya no podemos callar, dice Hilda Hernández, de Huamantla, Tlaxcala.
Ese día, después de hablar con los padres de familia y sus abogados, Murillo Karam salió a la prensa a dar la versión de que un grupo de cerca de 40 jóvenes, probablemente los estudiantes, fueron asesinados, incinerados en una gran pira humana en un basurero municipal en las afueras de Cocula, después triturados sus huesos, empacados en bolsas de basura y después sus cenizas arrojadas al río San Juan. Esas palabras significaron un latigazo para aquellas mujeres.
No nos tomó por sorpresa, cuenta Cristina, originaria de Ahuacotzingo, región de La Montaña guerrerense. Ya lo sabíamos, porque los abogados nos anticiparon la información. Íbamos preparadas, pero sí dolió.
Secunda Hilda: Ya que lo oímos, le prohibimos que saliera a decirlo públicamente, porque necesitábamos antes hablar con nuestras familias. Y no cumplió. Más tardó en salir que anunciar todo en la televisión. Y hasta enseñó videos.
Para los familiares de los estudiantes que no estaban en Chilpancingo –hermanos, abuelos–, sino en sus casas, el recuento de los hechos según la versión oficial fue lacerante. Mi hija estaba viendo la televisión, ¿se imagina? Me habló llorando desesperadamente. Tuve que decirle que no hiciera caso, que todo era mentira, cuenta Cristina.
Mientras, en Huamantla, la casa de Hilda se llenó de vecinos que fueron a dar el pésame a sus familiares. ¿Pero pésame de qué, si no hay certeza de nada?
Pasado el primer impacto, en familia y en grupo los padres fueron analizando los datos. A lo mejor en un momento no asimilamos esa cosa tan fea que nos dijo Murillo. O nos bloqueamos, o no le entendimos nada. Pero luego, ya analizando las cosas con más calma, empezamos a pensar entre todos que no es posible que haya pasado como ellos dijeron.
Algunos fueron a Cocula, a ver el sitio de la supuesta pira. No se veía como si hubiera habido una gran hoguera. Y ningún rastro de huesos, ¿cómo va a ser? Además pasaron cuatro días de pura lluvia. Por muy ignorante que sea una, bien que nos damos cuenta que lo que dice no concuerda.
Desde ese 7 de noviembre, la investigación no ha tenido ningún avance.

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