Monarquías en el siglo XXI

martes 1 de febrero de 2011

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)

¿Evolucionan las sociedades? ¿Qué es el progreso social?

Paulatinamente, a lo largo de la historia, la humanidad ha venido manejando la organización de las sociedades de forma tal que el poder fue democratizándose. Sin dudas en forma lenta, pero sin detenerse. Cuándo y -fundamentalmente- por qué el ejercicio del poder político de las comunidades quedó en manos de una sola persona, es muy difícil, quizá imposible, de dilucidar. Lo cierto es que el estudio de distintas culturas y de distintos momentos históricos nos enseña que en todas las sociedades complejas desde la aparición de la agricultura y la cría de animales en adelante, es decir: desde el sedentarismo, aparece la figura del cabecilla único (cacique, soberano, jefe, faraón, rey, sacerdote supremo, etc.). De ahí a las monarquías como sistema político, y por tanto las casas reales con todos sus códigos específicos (enviados divinos, pompa, transmisión hereditaria), un paso.

El estudio de la historia nos ratifica sin lugar a dudas que lo formulado por Hegel como “dialéctica del amo y del esclavo” en tanto figura que sintetiza las relaciones interhumanas, no se equivoca. La historia de las relaciones sociales es una larga sumatoria de conflictos, de luchas a muerte en torno al poder y a la apropiación del trabajo del otro. En ese marco, es también indubitable que “la violencia es la partera de la historia”, como afirmara su discípulo Marx.

Cuándo y por qué empezó a haber reyes (es decir: mandamases únicos que se pusieron al frente de todo un colectivo) queda entonces sin una respuesta categórica; lo cierto es que hoy, entrado ya el siglo XXI, alrededor de 500 millones de personas en todo el planeta (más o menos el 8 % de la población global) viven aún bajo monarquías. Así las cosas, 29 países del mundo (casi el 15 % de todas las naciones actuales) formalmente son reinos en términos político-administrativos: 10 en Europa (España, Bélgica, Dinamarca, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Países Bajos, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y Suecia), 14 en Asia (Brunei, Bután, Camboya, Japón, Malasia, Nepal, Tailandia, Arabia Saudita, Bahrein, Emiratos Árabes, Jordania, Kuwait, Omán y Qatar), 3 en África (Lesotho, Marruecos y Suazilandia) y 2 en Oceanía (Samoa Occidental y Tonga). En sentido estricto no los hay en el continente americano, a no ser aquellos que hacen parte del Commonwealth británico y que tienen como jefa de Estado a la Reina Isabel II de Inglaterra, los que junto a otros países en Oceanía forman el impreciso grupo de ex colonias, más o menos independientes según los casos, en situación de mayor o menor dependencia de sus antiguos amos (Antigua y Barbuda, Antillas Holandesas, Aruba, Bahamas, Barbados, Belice, Canadá, Jamaica, San Cristóbal-Nieves, San Vicente-Granadinas, Santa Lucía, Australia, Islas Solomon, Nueva Zelanda y Papuasia-Nueva Guinea).

Si bien todos estos son reinos, existen marcadas diferencias entre unos y otros. Los europeos, por ejemplo, son formaciones casi decorativas, donde el poder político efectivo pasa a años luz de las casas reales. El poder económico de las empresas capitalistas modernas las ha desplazado del centro de la dinámica social. En muchos de estos países, no obstante, el monarca resulta clave para mantener la unidad de la nación como centro aglutinador de la concordia de las sociedades plurales de sus territorios. Si bien en muchas de estas monarquías republicanas diversos sectores de la población ven en las casas reales rémoras vergonzantes de un pasado feudal que se resiste a terminar y un gasto absolutamente superfluo en parásitos prescindibles, según indicadores de quienes han estudiado el fenómeno, en más de algún país buena parte de la misma población no querría perder su estatuto de reino. Así sean como comidilla para paparazzi y medios periodísticos escandalosos, junto a gente que aborrece a estos parásitos acostumbrados al dolce far niente (el descarado “no hacer nada”) hay súbditos que aman a sus monarcas.

El caso de las petromonarquías del golfo Pérsico (emiratos, califatos, sultanatos) es una realidad diametralmente opuesta. Allí efectivamente las casas reales son el centro del poder político y económico, con una dinámica feudal donde se entrecruzan indisolublemente Estado y religión. Después de ver lo que comienza en Túnez y en Egipto, seguramente más de algún monarca de la región debe estar pensando en su futuro. ¿Le bajarán el dedo las potencias occidentales? (es decir: las verdaderas detentadoras del poder en el mundo, las que, hoy por hoy, escriben los guiones del planeta. ¿Hasta cuándo se “tolerarán” estas casas reales? Cuando el Sha de Irán ya no les “sirvió” más a los intereses imperiales de las potencias, Estados Unidos ante todo, se lo desechó. ¿Irá a pasar algo así ahora en Medio Oriente con estas monarquías “atrasadas”?

Un caso distinto es el de Japón, siendo hoy el reino con mayor cantidad de súbditos (130 millones de personas). Allí, pese a un desarrollo espectacular de relaciones capitalistas, la figura del emperador continúa teniendo una importancia primordial en la lógica de la nación sin que soplen vientos de cambio a la vista.

Hay monarquías antiquísimas, como la japonesa (con más de 2.500 años de antigüedad), o muy recientes como las africanas o las de Oceanía, creadas sobre la base de la organización social importada de sus ex amos, los países que les dominaron como colonias hasta hace algunas décadas atrás. ¿Por qué a la hora de inventar un país nuevo se toma la figura de una monarquía y no de una república? “El esclavo piensa con la cabeza del amo”…, triste verdad inobjetable.

Podemos, entonces, retomar la pregunta con que abríamos el artículo. ¿Qué es el progreso social? Difícil responderlo con una sola, o pocas, palabras. Al intentar analizarlo se corre el riesgo de hacerlo desde referentes que podríamos tomar como modélicos, como arquetípicos. Es otros términos, se puede utilizar el parámetro de “mi” sociedad para evaluar otras distintas, pasando por el prejuicio que mi referente es más avanzado que el de otros. En ese caso, entonces: ¿se progresa porque se siguen los lineamientos del modelo dominante? Cuando se encuentran (encontronazo sangriento, por cierto) americanos y europeos a fines del siglo XV, ¿quiénes eran más “avanzados”? ¿Son más “avanzadas” las democracias representativas surgidas en Europa que la organización tribal africana? ¿Es más “avanzada” la sociedad hondureña que no tiene pena de muerte que la sociedad china que sí la tiene?

Hecha esta consideración, y sabiendo del peligro que anida en la universalización de los modelos con que se mide y evalúa al otro distinto, debemos apurarnos a remarcar la consideración que progreso social no es lo mismo que progreso económico. La noción de desarrollo humano –de reciente factura, poco más de dos décadas– intenta abrir un interrogante sobre la multiplicidad de aspectos a considerar en este tema; no se trata sólo de acceso a bienes materiales y confort para tener progreso. En la idea de desarrollo son igualmente importantes las libertades y la democratización de los poderes. En las petromonarquías árabes hay, al menos en promedio, niveles de ingreso per capita increíblemente altos; ¿son avanzadas por tanto? ¿Más avanzadas que una virtual monarquía hereditaria comunista como la de Corea del Norte?

Para hablar de progreso, entonces, habrá que hablar de un conjunto de transformaciones que se van operando en las sociedades, en sus instituciones y en su cultura ciudadana del día a día. El alejamiento del pensamiento mágico-religioso es, indubitablemente, un pilar de gran importancia en tanto abre la posibilidad de un mayor desarrollo de la productividad, de la técnica. El mundo que inaugura la cosmovisión científica permite mayor confort material. Ahí está el capitalismo desarrollado recordándonoslo. Pero eso sólo, el desarrollo imparable de máquinas cada vez más avanzada, no significa por fuerza haber alcanzado “la felicidad”. La catástrofe medioambiental que ya tenemos encima nos lo recuerda de modo patético.

Paralelo a esto encontramos la forma en que se reparten los poderes; todos los poderes, no sólo el político: entre géneros, entre etnias, entre grupos sociales varios (¿por qué hay los llamados grupos de riesgo o vulnerables? De hecho, cualquiera puede caer en esa categoría y perder poder: minorías étnicas, mujeres, niños, homosexuales, drogadependientes, pobres, etc., etc.) La horizontalización de los poderes es otro gran requisito para hablar de progreso.

La permanencia de regímenes políticos donde el poder está concentrado en una sola persona (llámese emperador, rey, zar, faraón, sha, sultán, gran jefe, soberano, etc.) o en una casa real, poder autárquico, indiscutido, impune, absoluto, nos remite así a una forma menos evolucionada de organización social. El progreso social, en definitiva, pasa por la democratización en el ejercicio de los poderes. Si no, reafirmamos que la lógica en juego nos permite pensar en gente común y gente VIP (very important persons? Pero ¿hay gente VIP? Los nazis hablaban de “raza superior”. ¿Hay raza superior entonces? ¿Hay sangre azul? ¿Podríamos creer acaso, con Ernest Renan, que “la monarquía hereditaria es una concepción política tan profunda que no está al alcance de todas las inteligencias el comprenderla”?

Lo anterior puede llevar a cuestionarnos lo siguiente: poblaciones donde, además de altos estándares de satisfacción material, se ha llegado a modelos de organización social armónicos, con seguros de salud, de desempleo, con altos niveles educativos, con la valentía de legislar temas como el divorcio, el aborto, la eutanasia, donde se ha erradicado la tortura o la pena de muerte como política de Estado, persisten aún en el mantenimiento de monarquías (pensemos en los países europeos). ¿Por qué? ¿Necesitamos creer que efectivamente hay gente VIP? ¿Tan lenta es la evolución social entonces?

Todo indicaría que, pese a que el desciframiento del genoma humano nos enseña lo contrario, que todos somos en un todo iguales, lamentablemente sí es lenta esa evolución, muy lenta, tremendamente lenta y difícil. “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, dijo Einstein.


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