Las ausencias del Informe

Eduardo González Velázquez
Como cada 1 de septiembre, el jefe del Ejecutivo federal pone en marcha un monólogo con el que intenta convencer a la población en general de las bondades y los logros de su administración. Las tonalidades de los mensajes suelen estar llenos de lugares comunes, sin importar el color partidista al que pertenezca el presidente. El informe que sea puede encontrar un lugar con cualquiera de los presidentes. Se elaboran en función del puesto, no del inquilino. Son mensajes planos con más ausencias que presencias. Repletos de verdades a medias. Son “ejercicios” de poder que no dejan espacio para el debate, el análisis y la confrontación de ideas.
El mensaje a la nación de Felipe Calderón con motivo de su cuarto informe de gobierno no fue la excepción. De nueva cuenta habló frente a quienes realmente le importan: las televisoras, algunas radiodifusoras y un grupo selecto de miembros de la elite política y económica que a cambio de ceder el aplauso fácil y la complacencia exigen cada vez con mayor fuerza obtener más beneficios por parte del “gobierno” calderonista. Así, las características del cuarto informe de gobierno vuelven a ser de nueva cuenta las ausencias de realidades nacionales que mantienen en la zozobra a la población.
La primera ausencia es la autocrítica desde el ejercicio de gobierno. La autocomplacencia domina la práctica discursiva, y no se asoma el análisis serio que permita recomponer el rumbo del país al señalar las políticas públicas que no han dado resultado. Contrario a esa necesaria revisión del acto de gobernar, Felipe Calderón no hizo otra cosa que decir que el rumbo es claro y el futuro promisorio.
El reconocimiento de la violencia también estuvo ausente. Los altos niveles de violencia que se presentan en todo el territorio nacional se matizaron, se minimizaron y se ocultaron mediante un discurso que busca legitimar la lucha contra el narcotráfico, y mira los miles de asesinatos, secuestros, levantones, como daños colaterales que como sociedad, debemos pagar para vencer el flagelo del crimen organizado. A pesar de que el consumo de drogas en el país se ha incrementado del 2006 a la fecha; de que cada día el maridaje entre algunos miembros de las policías, del Ejército y de la Armada con los capos de la droga resulta más común; que el flujo de armas de Estados Unidos a nuestro país parece no tener fin; y de que la percepción que tienen ocho de cada diez mexicanos es que la inseguridad en el país se ha incrementado de diciembre de 2006 a la fecha; el mensaje de Felipe Calderón afirma que vamos por el camino correcto. Que la lucha es de todos, no sólo de él. No sólo niega la realidad violenta de México, sino que construye discursivamente una realidad que pocos desean escuchar, y cada vez menos ciudadanos la aceptan como reflejo de lo que sucede.
La urgencia económica que sufren millones de mexicanos se quedó afuera de Palacio Nacional. Las líneas leídas durante 80 minutos por Felipe Calderón, solamente dieron cuenta de cifras alegres que no se sostienen ante el menor análisis y la confrontación de la realidad. Todo parece perfecto: se crean miles de empleos, la informalidad disminuye, los obreros se encuentran satisfechos con los minisalarios que reciben, no existen las huelgas, desaparecieron los electricistas del SME y el rescate de Mexicana de Aviación fue en beneficio de los trabajadores.
El reconocimiento de la violación sistemática de los derechos humanos brilló por su ausencia. De nueva cuenta parece que los miles de ciudadanos agraviados en sus garantías individuales y los cientos de defensores de derechos humanos viven y miran otra realidad. Los constantes reclamos por parte de diversas organizaciones defensoras de derechos humanos no son escuchados, así como el grito desesperado de periodistas de diversos medios de comunicación que se ven amenazados en su ejercicio profesional. El informe de Felipe Calderón se desfasa de las recomendaciones realizadas por los visitadores de la ONU y de la CIDH que dieron cuenta de las constantes violaciones que se cometen en nuestro país, y que lo coloca como la nación más peligrosa para ejercer el periodismo en América Latina. Desde luego los miles de desaparecidos que se contabilizan desde que comenzó este “gobierno” ni si quiera fueron mencionados.
El flagelo del fenómeno migratorio de nueva cuenta se endosó a otros actores: Los Zetas, los maras, las bandas de secuestradores y trata de personas, el gobierno de Barack Obama. El reparto de culpas no incluyó al “gobierno” federal, de manera tenue apenas tocó a los gobiernos estatales y municipales. En la masacre de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas la administración de Felipe Calderón aparece en el papel de víctima y se desmarca de su responsabilidad para brindar seguridad a los miles de centroamericanos que anualmente cruzan nuestro país. De igual manera, se desentiende de la falta de oportunidades para los mexicanos que ocasiona la sangría poblacional que sufre el país.
La democracia mexicana se dibuja desde un lugar que no existe. El diálogo entre los actores políticos se encuentra roto, y cada uno de los grupos hegemónicos vela por fortalecer su coto de poder y obtener el mayor número de beneficios para su causa particular. No obstante, lo evidente de los monólogos políticos, desde Los Pinos se empeña en afirmar que la construcción democrática de nuestra nación es una realidad que se lleva a cabo desde abajo apuntalada con cimientos fortalecidos.
Así las cosas, un informe de gobierno más; un día del presidente donde nadie lo debe interpelar a lo largo de su perorata; una mañana más en el calendario cívico nacional que da cuenta de la dimensión desconocida donde habita Felipe Calderón. Al final del día, las presencias maquilladas vencieron a las ausencias que dan cuenta de la urgencia cotidiana de millones de mexicanos en este país.
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